Después de compartir recuerdos tan emotivos y reflexiones profundas en las últimas semanas, pensé que ya era hora de reírnos un poquito. La vida tiene una forma curiosa de regalarnos personajes inesperados, y muchas veces los momentos más graciosos llegan gracias a los miembros más chiquitos… y peludos… de la familia.
Extraño a mi mamá.
Una de las cosas que más recuerdo de ella era su capacidad para reírse de sí misma. Pero reírse de verdad. De esa risa contagiosa que, antes de darte cuenta, ya tú también estabas riéndote con ella hasta que se te salían las lágrimas.
Mamá nunca se tomó demasiado en serio ni trató de aparentar que era perfecta. Sabía que la vida estaba llena de momentos inesperados, errores y metidas de pata. En vez de avergonzarse, encontraba la manera de reírse.
Ese fue uno de los regalos más lindos que me dejó.
Antes de que Running in Heels: A Memoir of Grit and Grace fuera publicado, mamá me dio permiso para incluir algunas de estas historias. Así era ella. No le daba miedo mostrar sus imperfecciones. Le encantaba saber que otras personas también se reirían junto con ella.
Mamá sentía un cariño muy especial por los animales. Los adoraba.
Quizás… un poquito demasiado.
Sus intenciones siempre fueron buenas, pero, de alguna manera, sus aventuras con los animalitos no siempre terminaban como ella esperaba.
Con el paso de los años, esos momentos se convirtieron en algunos de los recuerdos más graciosos de nuestra familia.
Mi abuelo tenía un dicho para esas ocasiones. Movía la cabeza, sonreía y decía que todo aquello era por “falta de sentido común.”
Quiero compartir este fragmento de mis memorias.
Los Animalitos de Mamá
Mamá siempre se sentía más tranquila rodeada de animales. Tenía un corazón muy noble y siempre quería cuidarlos.
Un día, mientras limpiaba la pecera, sin darse cuenta, echó todos los peces dorados por el desagüe.
Después estaban los guppies negros que mi abuelo le había comprado. Mamá pensaba que los guppies vivían mejor en agua salada, así que le echó sal de mesa a la pecera.
¡Ay, bendito!
Al poco rato los encontró flotando boca arriba.
Las tortugas suelen formar burbujitas en la nariz de manera natural, pero mamá pensó que la suya estaba resfriada. Le puso unas gotitas para la nariz en cada orificio para curarla.
Pero terminó dándose cuenta, demasiado tarde, de que la pobre tortuguita se había ahogado.
En otra ocasión, alguien le regaló un hermoso canario. Cantaba de lo más bonito, y a Mamá le encantaba darle de comer directamente de su mano.
Pero un día encontró a su amiguito emplumado en el fondo de la jaula, sin vida y con el estómago hinchado.
Le dio tanta comida… que, sin querer, terminó dándole de comer de más.
Antes de divorciarse, papá le había regalado tres periquitos de colores muy lindos. De vez en cuando los dejaba salir de la jaula para que volaran un rato por la casa. Siempre regresaban solos…
Hasta aquella mañana en que alguien olvidó cerrar las ventanas.
Uno tras otro, los vio alejarse volando sin poder hacer nada.
¿Y adivinan quién fue la que olvidó cerrar las ventanas?
Ni de adulta, el amor de mamá por los animales dejó de convertirse en toda una comedia de enredos.
Cuando Willie estaba en la preadolescencia, tenía un ratoncito llamado Pee Wee. Era blanco, suave y tenía unos ojitos rosados bien saltones. Después de que Willie fue enviado a un hogar para varones, mamá quedó encargada de cuidar a su amiguito peludo.
Cada vez que le tocaba limpiar la jaula, primero tenía que sacar al ratoncito.
Y eso no era nada fácil.
Pee Wee corría de un lado para otro.
Cuando por fin logró agarrarlo, el pobre ratón, asustado, no dejaba de retorcerse entre sus manos. Como no quería que se le escapara, lo sujetó con firmeza.
Mientras le hablaba con esa dulzura que siempre tenía y le acariciaba la cabecita, por fin dejó de moverse.
Fue entonces cuando mamá recibió el susto de su vida al darse cuenta de que llevaba un buen rato hablándole y acariciando a un pobre ratoncito… que ya estaba muerto.
Cuando pienso en mamá hoy, ya no recuerdo solamente los momentos difíciles que vivimos juntas.
Cada vez pienso más en su risa.
Son esos recuerdos los que todavía me hacen sonreír.
Puede que sus mascotas no siempre hayan tenido mucha suerte, pero jamás hubo duda de que fueron profundamente queridas.
Así era mi mamá.
Sin darse cuenta, me enseñó que la vida no tiene que ser perfecta para ser hermosa. Muchas veces, los momentos que años después nos hacen reír terminan siendo los recuerdos que más atesoramos.
Uno de mis mayores gozos era lograr sacarle una sonrisa siempre que podía.
Hoy sé que está con el Señor, con la sonrisa más grande de todas y riéndose con esa risa inolvidable.
Casi puedo escucharla decir:
“Anda, Mary… cuéntales.”
Estoy segura de que le estaría dando mucha risa saber que estas historias todavía siguen sacándoles una sonrisa a otras personas.
“El corazón alegre constituye buen remedio.” — Proverbios 17:22
¿Tienes algún familiar cuyos momentos graciosos todavía te hacen sonreír años después? Me encantaría que compartieras uno de tus recuerdos favoritos en los comentarios.


Mamá está lista para darse un banquete con un chillo frito entero. Pero antes de probarlo, mira el plato y dice: «Ay, pobre pececito». Luego pregunta: «¿Y por dónde empiezo?»
Una nota para mis lectores: Me llena de alegría contarles que muy pronto Running in Heels: A Memoir of Grit and Grace estará disponible en español. Ha sido un privilegio preparar esta traducción para compartir estas memorias con la comunidad hispanohablante y, de manera muy especial, con mis queridos puertorriqueños. ¡No veo la hora de tenerla en sus manos!









