En mi cumpleaños, me encuentro mirando hacia atrás, hacia la jovencita que una vez fui. Antes de saber lo que la vida me pediría, antes de comprender el significado de la gracia, ella ya estaba aprendiendo a sobrevivir, a tener esperanza y a seguir adelante. Antes de saber lo que la vida me pediría, antes de comprender el significado de la gracia, ella ya estaba aprendiendo a sobrevivir, a tener esperanza y a seguir adelante.
Hoy quiero decirle algo que necesitaba escuchar desde hacía mucho tiempo.
Querida Mary:
Te veo.
Veo a esa Mary delgadita, con unas piernas que parecían demasiado largas para el resto de su cuerpo, aprendiendo a tener fortaleza mucho antes de siquiera tener un nombre para eso. Veo las noches en las que te sentabas en silencio, con el estómago rugiendo en medio de la oscuridad, diciéndote a ti misma que no importaba si había comida o no. ¿Qué otra cosa podías hacer? Estabas aprendiendo a sobrevivir antes de aprender realmente a vivir.
Aprendiste desde temprano que debías verte y no dejarte escuchar. Así que aprendiste a desaparecer. Te hiciste invisible, como una flor callada en una esquina, siempre presente pero pocas veces notada. Mirabas a otros jugando y riendo, preguntándote qué secreto conocían que hacía que la vida pareciera tan fácil. Nunca sentiste que fueras suficientemente bonita, suficientemente inteligente o suficientemente buena.
Pero Mary, lo que todavía no sabes es que sobrevivir era solamente el comienzo de tu historia. Algo ya estaba echando raíces dentro de ti. En aquel momento no tenías palabras para describirlo. No lo llamabas resiliencia. No lo llamabas fe. Simplemente ponías un pie delante del otro, intentando llegar al final de otro día.
Cargaste con responsabilidades demasiado pesadas para tus hombros. Usaste zapatos que no te quedaban bien, intentando caminar por un mundo que muchas veces parecía demasiado grande e incierto. Pero Dios vio cada paso.
Te esforzaste tanto por proteger a Mami. Querías mantenerla de pie cuando todo a su alrededor parecía estar desmoronándose. Te tocó ser la mamá de tu propia mamá, calmando sus miedos y cuidando de la mujer que se suponía que debía cuidarte a ti. En aquel entonces no entendías que había cargas que nunca debieron ser tuyas, pero aun así las cargaste.
Y Dios estaba allí.
No siempre de la manera que esperabas. No con respuestas para cada pregunta. Pero de una forma tranquila y tierna, recordándote que nunca estuviste completamente sola. Aun cuando tu fe parecía tan frágil como una hoja de papel y sentías que nadie te veía, ese susurro silencioso en tu corazón no era imaginación. Era Él.
Aprendiste sobre la pérdida demasiado temprano.
Blackie, tu perrita peludita, te fue arrebatada porque no había suficiente comida para darle de comer. Puede que otros no entendieran lo mucho que significaba para ti, pero ella era un consuelo. Era amor. Perderla fue la primera grieta en tu corazón, un dolor que todavía no sabías cómo explicar.
Y entonces llegó la pérdida que lo cambió todo.
Tu preciosa hermanita, ese latido tan especial de tu mundo, fue trágicamente arrebatada de ti en un accidente de atropello y fuga. Nadie podía responder todos los “porqués” que llenaban tu corazón. Solo sabías que la vida nunca volvería a ser igual. Una parte de ti se fue con ella.
Guardaste ese dolor en silencio, todavía intentando proteger a Mami, todavía creyendo que tu propio sufrimiento podía esperar. Pero escúchame bien, Mary: algún día aprenderás que perdonar no significa olvidar. No significa fingir que la herida nunca ocurrió. Significa soltar el peso de lo sucedido y permitir que Dios cargue con aquello que siempre fue demasiado pesado para que tú lo sostuvieras sola.
La vida traería más despedidas.
Abuelo, con sus historias tranquilas y su presencia llena de ternura. Luego, Abuela, cinco años después, la mujer más bondadosa que conociste. Cada despedida dejó otro espacio vacío en tu corazón, y hubo momentos en los que el dolor parecía más de lo que podías soportar.
Pero aun allí, Dios te sostenía.
Mirando hacia atrás ahora, entenderás que cada pérdida abrió espacio para un amor más profundo. Esas despedidas te enseñaron que el amor no desaparece cuando alguien deja esta tierra. Las personas que amamos se convierten en parte de quienes somos, y la fidelidad de Dios permanece.
Confía en esa voz tranquila dentro de ti, Mary. Esa voz que cuestionas. Esa voz que a veces ignoras. No es debilidad. Es sabiduría. Es discernimiento. A veces es Dios guiándote con ternura cuando todo a tu alrededor se siente confuso y lleno de ruido.
Caerás. Durante tu adolescencia y tus primeros años como mujer, tomarás decisiones que desearás poder cambiar. Pasarás por temporadas de confusión, desamor y dolores que nunca viste venir. Pero esos momentos no te destruirán.
Años después, descubrirás que Dios nunca tuvo miedo de tus partes rotas. Él ya estaba allí, esperando que entendieras que ninguna de tus lágrimas, luchas o cicatrices había sido en vano. Esos lugares quebrantados se convertirán en tierra santa.
Comenzar de nuevo no es fracasar. Es tener fe.
Sobrevivirás.
Tu historia importa.
Las cicatrices que llevas algún día te recordarán lo lejos que has llegado. Contarán la historia de esa joven Mary que siguió adelante, aun cuando no sabía hacia dónde la llevaría el camino.
Tu camino no ha terminado. Amarás. Vivirás pérdidas. Y encontrarás el valor para amar nuevamente.
Un día mirarás hacia atrás y lo verás claramente: el hambre, el rechazo, la soledad y las lágrimas no pudieron derrotarte. Esos momentos se convirtieron en la tierra donde Dios hizo crecer algo más fuerte y más tierno dentro de ti.
Quisiera poder sentarme a tu lado ahora mismo y decirte esto: Dios te ve, Mary. No desde lejos, sino justo allí contigo en la oscuridad. Él te escucha cuando las palabras no salen. Él conoce tu nombre y nunca se ha apartado de tu lado. Ni una sola vez.
Nunca tuviste que ganarte Su amor. Nunca tuviste que demostrar que eras digna. Siempre fuiste de Él.
Sé amable contigo misma, Mary. No tienes que ser tan dura con tu propio corazón. La gracia nunca fue algo que tuviste que perseguir. Siempre estuvo ahí, esperando ser recibida.
Y no tienes que seguir corriendo todo el tiempo.
Dios no tiene prisa contigo.
Feliz cumpleaños, Mary.
Gracias, Mary, por resistir y seguir adelante.
Celebro a esa Mary
Hoy celebro a la Mary que no sabía lo que le esperaba; a la joven que tropezó, buscó respuestas, cometió errores y volvió a comenzar; y a la mujer en la que todavía me estoy convirtiendo, sostenida por la gracia.
Sigo escribiendo porque cada vez que regreso a esa Mary asustada, recuerdo la gracia que la sostuvo durante el hambre, el dolor del corazón y las pérdidas. Recuerdo que la sanación no ocurre en un solo instante. Es un camino que todavía estoy recorriendo. Quizás ese es uno de los regalos más grandes de envejecer: aprender a mirar nuestro pasado con compasión en lugar de recordar solamente el dolor.
Esa Mary no sabía cómo se desarrollaría su historia. No sabía que algún día las luchas se convertirían en enseñanzas, que las heridas se transformarían en lugares donde la sanación podría comenzar, o que Dios podía traer belleza de los pedazos rotos.
Pero lo hizo.
Y Él todavía sigue escribiendo la historia.
Si alguna parte de mi historia resuena contigo, sería un honor que continuaras este viaje conmigo a través de las páginas de Running in Heels: A Memoir of Grit and Grace. Es una historia de hambre, dolor, esperanza y sanación que todavía estoy viviendo.










