La maternidad no termina cuando los hijos crecen

Dicen que la maternidad se hace más fácil cuando los hijos crecen.

No estoy tan segura.

Las rodillas raspadas sanan. Se acaban los almuerzos escolares. Los proyectos de ciencias de última hora y las reuniones con los maestros se convierten en recuerdos lejanos. Pero la maternidad no se jubila silenciosamente cuando nuestros hijos llegan a la adultez. Simplemente nos pide algo distinto y, a veces, muy distinto.

Lo sé porque mis hijos ya son adultos.

Hoy, solo una de mis hijas está casada y criando a su propia familia. Mi hijo mayor y mi hijo menor han regresado a vivir a casa, recordándome que la vida no siempre sigue el calendario que imaginé cuando ellos estaban chiquitos.

Como muchas familias, hemos celebrado comienzos hermosos y también hemos atravesado desvíos dolorosos, las cimas y los valles de la vida. Nuestro camino no siempre ha sido como cualquiera de nosotros lo imaginó, pero en cada temporada, la fidelidad de Dios nunca nos ha faltado.

Cuando mis hijos estaban chiquitos, pensaba que la adultez traería respuestas claras. Se irían de casa, construirían sus propias vidas y, quizás, me llamarían de vez en cuando solo para saber cómo estaba.

Pero la vida tenía otros planes.

Tener nuevamente a mis hijos adultos viviendo bajo mi techo ha sido una bendición inesperada. También me ha hecho crecer de maneras que jamás imaginé.

Nos amamos profundamente, pero seguimos siendo una familia, y las familias no siempre son fáciles. Tenemos personalidades distintas, horarios diferentes, rutinas diferentes y maneras distintas de ver las cosas. No siempre estamos de acuerdo. No siempre vemos las situaciones de la misma manera. A veces chocamos.

Compartir nuevamente el mismo hogar me ha recordado que el amor, por sí solo, no siempre basta. También hace falta paciencia, flexibilidad, gracia y la disposición a comprendernos unos a otros.

He aprendido que amar a hijos adultos es muy diferente a cuando los criaba estando chiquitos. Requiere establecer límites saludables, respeto mutuo y recordar que ya no son hijos a quienes debo dirigir en cada decisión, sino adultos que están aprendiendo, creciendo y encontrando su propio camino.

Mientras más años cumplo, más entiendo el valor de la paz. No toda opinión tiene que expresarse. No todo desacuerdo necesita resolverse. Antes de hablar, tengo que preguntarme: «¿Mis palabras ayudarán o solo empeorarán las cosas?»

Hay conversaciones que sí deben darse. Otras pueden esperar. Y, en ocasiones, guardar silencio resulta ser la decisión más sabia, aunque no sea la más fácil. Eso no significa fingir que todo está bien ni ignorar los asuntos importantes. Significa escoger cuidadosamente las batallas, respetar los límites de cada uno y reconocer que preservar la relación muchas veces vale más que tener la razón.

He descubierto que mantener la paz no significa tragarse los sentimientos. Significa reconocer que el amor, a veces, requiere dominio propio. Es saber cuándo hablar, cuándo escuchar y cuándo confiar en que Dios obrará donde mis palabras no pueden llegar.

Cuando suena mi teléfono y veo el nombre de alguno de mis hijos, mi corazón sigue reaccionando igual que cuando estaban chiquitos. Sigo celebrando sus victorias. Sigo llevando sus cargas delante del Señor en oración. Y sigo deseando poder hacerles el camino más fácil cuando la vida les duele, aunque sé que hay senderos que solo ellos pueden recorrer.

Gracias a Dios, no camino esta etapa sola.

Mi esposo ha sido mi compañero fiel a través de tantos capítulos de nuestra vida. Él sabe cuándo necesito un respiro, cuándo necesito ánimo o simplemente cambiar de ambiente. De vez en cuando me invita a cenar o salimos a disfrutar juntos de una tarde tranquila. Esos momentos no resuelven todos los desafíos, pero nos recuerdan a reír, a reconectarnos y a cuidar el matrimonio que nos ha sostenido durante tantas temporadas.

Con el paso de los años, la maternidad se ha tratado menos de tener todas las respuestas y más de estar presente. Menos de resolverlo todo y más de orar. Menos de dirigir y más de confiar en que Dios hará lo que solo Él puede hacer.

También he aprendido que reunir a toda la familia ya no es tan sencillo como antes. Hubo un tiempo en que bastaba con decir: «¡La comida está lista!», y todos llegaban a la mesa. Ahora el trabajo, las relaciones, las responsabilidades y la vida diaria nos llevan por caminos diferentes. A veces los planes salen como esperamos y otras veces cambian a última hora. Estoy aprendiendo a disfrutar el tiempo que sí compartimos, en lugar de enfocarme en los planes que no se dieron.

Hoy doy gracias al Señor por cada etapa. Por aquellos años llenos de mochilas, cuentos antes de dormir y calendarios siempre ocupados. Por los años más tranquilos, cuando mis hijos comenzaron a construir sus propias vidas. Y sí, también por esta temporada inesperada.

Los platos se acumulan un poco más rápido. El canasto de la ropa sucia se llena con más frecuencia. Nuestros horarios no siempre coinciden y nuestras opiniones tampoco. Pero también aumentan las conversaciones alrededor de la mesa de la cocina. También llegan las risas inesperadas. También recibo esos abrazos que me recuerdan lo rápido que pasa el tiempo. Esos momentos me recuerdan que tenerlos aquí sigue siendo un regalo.

La maternidad no termina cuando los hijos crecen. Simplemente cambia. Nos pide mucho más de lo que alguna vez imaginamos. Más paciencia. Más gracia. Más confianza. Y, muchas veces, más silencio que palabras.

Mientras nuestros hijos siguen convirtiéndose en las personas que Dios los creó para ser, Él también sigue transformándonos a nosotros.

Y quizás ese fue Su plan desde el principio.

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.»
— Eclesiastés 3:1

Posted in Fe y vida, maternidad | Tagged , , , , , , , , , | Leave a comment

Y Entonces Llegó el Lunes

Algunas semanas parecen acumular una cosa tras otra. La semana pasada fue una de esas semanas. No fue por una sola cosa grande, sino que sentía como si mi cuerpo tuviera su propio calendario de citas médicas, y cada una pusiera a prueba mis límites.

El martes, regresé a mi médico vascular para comenzar otra ronda de tratamientos dolorosos para mis piernas. Yo sabía qué esperar, pero saber que algo va a doler no hace que duela menos.

El jueves se suponía que sería más sencillo. Salí temprano del trabajo para unas cuatro horas de trabajo dental, o eso pensaba. Pasé seis horas y media en aquella silla, y todavía tengo que regresar.

Para el viernes, ya estaba funcionando con las últimas reservas de energía que me quedaban, y ese fue el día en que tuve una cita con mi urólogo durante mi hora de almuerzo para otro procedimiento más, y este fue agonizante. Cuando terminó, me enteré de que, eventualmente, iba a necesitar una cirugía.

Se suponía que pasaría todo el fin de semana visitando a mi bisnieta. Pero para el viernes, tenía demasiado dolor y malestar como para poder manejar todo el fin de semana, así que terminé pasando la noche del sábado con ella. Estaba agotada cuando me fui, pero me alegré muchísimo de haber ido. Hay momentos que valen la pena, aun cuando nos dejan cansados y adoloridos.

Al final de aquella semana, estaba agotada de una manera difícil de explicar. Recuerdo haber pensado: «Está bien, Señor». ¿Cuánto más? En algún momento, me rendí ante todo aquello. No porque me gustara ni porque lo quisiera, sino porque simplemente era lo que tenía delante de mí.

Y entonces llegó el lunes.

A la 1:30 de aquella madrugada, mi esposo me despertó de un sueño profundo. Al principio, no sabíamos qué estaba pasando, solo que algo no estaba bien. Terminamos en la sala de emergencias, donde los médicos confirmaron que había sufrido un ataque cardíaco.

Todo lo demás se volvió insignificante en un instante. Los tratamientos, las horas en la silla del dentista, el procedimiento que tanto temía, la cirugía que me esperaba en algún momento… todo quedó atrás. Sentí un miedo que ninguna de las otras cosas de aquella semana había provocado.

Después de que se llevaron a mi esposo para realizarle el procedimiento, esperé sola por una actualización, orando. Cuando finalmente salió la enfermera, llevaba en la mano su anillo de matrimonio.

—Su esposo tuvo un ataque cardíaco en toda regla.

Entonces me entregó su anillo.

Su anillo de matrimonio.

Una ola de temor me invadió. Por un momento, olvidé respirar.

La enfermera me explicó que el cardiólogo había encontrado una obstrucción significativa en una arteria principal y le había colocado un stent. El procedimiento fue exitoso y, después de pasar un tiempo en la UCI, lo trasladaron a una habitación regular para mantenerlo bajo observación.

Gracias a Dios. Mi esposo salió adelante. No puedo explicarte el alivio que sentí cuando supe que iba a estar bien.

Quizás hay una lección en una semana como aquella. Miramos todo lo que se nos viene encima y pensamos: No puedo con una cosa más. Pero quizás el propósito nunca fue que tuviéramos la fuerza suficiente para enfrentarlo todo. Quizás es algo más sencillo: recordar quién me está llevando a través de todo esto, porque nunca fuimos creados para cargar con todo nosotros solos.

Todavía tengo mucho por delante. Tratamientos que terminar. Trabajo dental que aún está pendiente. Una cirugía que me espera en algún momento. Y ahora mi esposo tiene su propio proceso de recuperación.

Quizás podemos doblarnos bajo el peso de lo que la vida nos trae sin quebrarnos.

Pero hoy, estoy escogiendo la gratitud, no porque de repente todo esté bien. No lo está. Estoy escogiendo la gratitud porque, en medio de una semana que parecía decidida a derribarme, Dios siguió apareciendo. En el consultorio médico. En la silla del dentista. En aquel procedimiento agonizante. Y cuando mi esposo más lo necesitaba.

“Dios es nuestro amparo y nuestra fuerza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia.” — Salmo 46:1

También estoy agradecida por cada oración que hicieron por nosotros durante aquella semana. Las sentí. De verdad que sí. Hay algo reconfortante en saber que otras personas están elevándote a ti y a las personas que amas ante Dios, especialmente cuando no sabes qué traerá el día siguiente.

Todavía hay mucho del mañana que desconozco.

Pero cuando miro hacia atrás a aquella semana, recuerdo lo que sí sé. Mi esposo está aquí. Está recuperándose. Y puedo respirar un poco más tranquila.

Y por hoy, eso es suficiente.

Mi querido esposo. Para nuestra bisnieta de 3 años, también conocido como “Papa Bear”.

Posted in Fe y Reflexiones | Tagged , , , , | 1 Comment

Recordando a Mi Hermanita

Hay vidas que se miden en años. Otras se miden por el amor que dejan atrás.

He escrito sobre mi hermanita, Anna (que llevaba el nombre de mi abuela), muchas veces a través de los años. Cada vez que escribo sobre ella, recuerdo algo diferente: su sonrisa contagiosa que podía alegrarle el día a cualquiera, el sonido de sus dulces risitas o algún momento tranquilo que en aquel entonces parecía tan insignificante, pero que hoy significa muchísimo para mí.

Yo tenía siete años cuando nació Anna. Era mi hermanita y yo la adoraba.

Después de la escuela, se paraba en la ventana esperando que yo llegara a casa. A veces corría hasta la puerta con una sonrisa enorme, empeñada en cargar mis libros escolares, aunque algunos eran casi tan grandes como ella. Caminábamos juntas, deteniéndonos para admirar las flores, las mariposas y todo lo que encontraba por el camino. Le encantaba recoger flores silvestres para mamá y se las entregaba orgullosamente, como si fueran el ramo más hermoso del mundo.

En aquel entonces, yo no me daba cuenta de que esos pequeños momentos se estaban convirtiendo en los recuerdos que atesoraría por el resto de mi vida.

Cuando tienes nueve años, no piensas en lo rápido que puede cambiar la vida. No imaginas que alguien tan pequeñito puede dejar una huella tan profunda en tu corazón.

Anna tenía apenas dos años cuando murió.

Su vida fue breve, pero estuvo llena de amor. Fue querida y atesorada cada día que estuvo con nosotros, y trajo alegría y luz a nuestra familia. Aún ahora, después de tantos años, sigo pensando en ella. Todavía la extraño. Todavía me pregunto qué clase de mujer habría llegado a ser.

La gente suele decir que el tiempo sana todas las heridas. Quizás lo que realmente hace es enseñarnos a llevar nuestro dolor mientras el amor permanece para siempre.

A través de los años desde que perdimos a Anna, he encontrado consuelo en las palabras del Salmo 34:18:

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.”

El amor permanece. Vive en nuestros recuerdos, en las historias que contamos y en esos momentos tranquilos cuando algo inesperadamente nos hace recordar a las personas que hemos perdido.

Anna siempre será mi hermanita. Eso es algo que el tiempo nunca podrá quitarme.

Así que hoy, en el cumpleaños de Anna, honro a esa hermanita que amaba las flores y las mariposas, que trajo tanto amor y alegría a nuestra familia y que insistía en cargar mis pesados libros escolares hasta la casa. Aunque su tiempo con nosotros fue demasiado corto, el amor que nos dio continúa viviendo.

La extraño todos los días. Y mientras pueda contar su historia, nunca será olvidada.

Le encantaba recoger flores para mamá.

Me gusta pensar que todavía está rodeada de ellas.

Comparto más de la historia de Anna en el capítulo 4, “The Little Green Dress,” de mi libro, Running in Heels: A Memoir of Grit and Grace. Esta vez, sin embargo, simplemente quería recordar quién era ella: mi hermanita que me esperaba en la ventana, que hacía que aquellas tardes fueran especiales y que encontraba alegría en las cosas más sencillas.

“Y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.”

— 1 Tesalonicenses 4:18

Posted in Familia y Recuerdos, Fe y Reflexion | Tagged , , , , , , , , , | 1 Comment

Cuando Necesitas Recargar…

¿Cuántas veces has tenido que enfrentar una situación de frente, dándolo todo lo que tienes? Quizás te tomó por sorpresa, o tal vez la viste venir y temías lo inevitable. De cualquier manera, sabías que no tenías más remedio que enfrentarla, así que seguiste adelante.

Entonces, la vida pasó.

El ajetreo de todos los días se interpuso. Estás cansada, agotada hasta más no poder. Una cosa más podría ser suficiente para hacerte explotar.

¿Te ha pasado?

A mí también. Más veces de las que quisiera admitir.

Entonces, ¿qué te ayuda a enfrentar el día siguiente? ¿El próximo proyecto? ¿El próximo reto?

¿La determinación? ¿Tus aspiraciones? ¿Una actitud positiva? ¿La oración? ¿El apoyo y el ánimo de tu familia y tus amistades?

¿Alguna vez has sentido que ya no te queda nada que darles a los demás, mucho menos las fuerzas para enfrentar una cosa más? Eso es lo que pasa cuando estás funcionando con el tanque vacío.

Quizás necesitas recargarte. Un empujoncito de energía. Un poco de combustible. Quizás simplemente un poquito de chispa.

Cuando te has entregado por completo a los demás y te sientes totalmente agotada, a veces es momento de hacer una pausa, quedarte quieta y permitir que Dios te renueve. A veces eso significa alejarte por un ratito de las exigencias de la vida, aunque sea solo por un momento.

Hay veces en que simplemente necesito espacio para respirar. Quizás darme un baño calientito, disfrutar de un masaje sueco, sentarme frente al mar o relajarme en uno de esos saunas infrarrojos. ¡Ay, bendito!

Sabes, como cristiana, no siempre me resulta fácil quedarme quieta delante del Señor. Mi mente tiende a correr de un lado para otro pensando en todas las cosas que tengo que hacer. Pero he descubierto que cuando me presento ante Él y simplemente me quedo allí un ratito, me voy sintiéndome renovada, recargada y lista para comenzar de nuevo.

Cuando hago una pausa y descanso en Su presencia, recuerdo que no tengo que cargar con todo yo sola.

“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.” — Salmo 46:10

¿Y tú?

¿Cuáles son algunas de las cosas que haces para volver a encontrar tu equilibrio, recargar tus energías y recuperar las fuerzas para enfrentar otro día o tu próximo reto?

Posted in Fe y Reflexion, Vida y Bienestar | Tagged , , , , , , , , | Leave a comment

Entre Animalitos y Risas: En Memoria de Mamá

Después de compartir recuerdos tan emotivos y reflexiones profundas en las últimas semanas, pensé que ya era hora de reírnos un poquito. La vida tiene una forma curiosa de regalarnos personajes inesperados, y muchas veces los momentos más graciosos llegan gracias a los miembros más chiquitos… y peludos… de la familia.

Extraño a mi mamá.

Una de las cosas que más recuerdo de ella era su capacidad para reírse de sí misma. Pero reírse de verdad. De esa risa contagiosa que, antes de darte cuenta, ya tú también estabas riéndote con ella hasta que se te salían las lágrimas.

Mamá nunca se tomó demasiado en serio ni trató de aparentar que era perfecta. Sabía que la vida estaba llena de momentos inesperados, errores y metidas de pata. En vez de avergonzarse, encontraba la manera de reírse.

Ese fue uno de los regalos más lindos que me dejó.

Antes de que Running in Heels: A Memoir of Grit and Grace fuera publicado, mamá me dio permiso para incluir algunas de estas historias. Así era ella. No le daba miedo mostrar sus imperfecciones. Le encantaba saber que otras personas también se reirían junto con ella.

Mamá sentía un cariño muy especial por los animales. Los adoraba.

Quizás… un poquito demasiado.

Sus intenciones siempre fueron buenas, pero, de alguna manera, sus aventuras con los animalitos no siempre terminaban como ella esperaba.

Con el paso de los años, esos momentos se convirtieron en algunos de los recuerdos más graciosos de nuestra familia.

Mi abuelo tenía un dicho para esas ocasiones. Movía la cabeza, sonreía y decía que todo aquello era por “falta de sentido común.”

Quiero compartir este fragmento de mis memorias.

Los Animalitos de Mamá

Mamá siempre se sentía más tranquila rodeada de animales. Tenía un corazón muy noble y siempre quería cuidarlos.

Un día, mientras limpiaba la pecera, sin darse cuenta, echó todos los peces dorados por el desagüe.

Después estaban los guppies negros que mi abuelo le había comprado. Mamá pensaba que los guppies vivían mejor en agua salada, así que le echó sal de mesa a la pecera.

¡Ay, bendito!

Al poco rato los encontró flotando boca arriba.

Las tortugas suelen formar burbujitas en la nariz de manera natural, pero mamá pensó que la suya estaba resfriada. Le puso unas gotitas para la nariz en cada orificio para curarla.

Pero terminó dándose cuenta, demasiado tarde, de que la pobre tortuguita se había ahogado.

En otra ocasión, alguien le regaló un hermoso canario. Cantaba de lo más bonito, y a Mamá le encantaba darle de comer directamente de su mano.

Pero un día encontró a su amiguito emplumado en el fondo de la jaula, sin vida y con el estómago hinchado.

Le dio tanta comida… que, sin querer, terminó dándole de comer de más.

Antes de divorciarse, papá le había regalado tres periquitos de colores muy lindos. De vez en cuando los dejaba salir de la jaula para que volaran un rato por la casa. Siempre regresaban solos…

Hasta aquella mañana en que alguien olvidó cerrar las ventanas.

Uno tras otro, los vio alejarse volando sin poder hacer nada.

¿Y adivinan quién fue la que olvidó cerrar las ventanas?

Ni de adulta, el amor de mamá por los animales dejó de convertirse en toda una comedia de enredos.

Cuando Willie estaba en la preadolescencia, tenía un ratoncito llamado Pee Wee. Era blanco, suave y tenía unos ojitos rosados bien saltones. Después de que Willie fue enviado a un hogar para varones, mamá quedó encargada de cuidar a su amiguito peludo.

Cada vez que le tocaba limpiar la jaula, primero tenía que sacar al ratoncito.

Y eso no era nada fácil.

Pee Wee corría de un lado para otro.

Cuando por fin logró agarrarlo, el pobre ratón, asustado, no dejaba de retorcerse entre sus manos. Como no quería que se le escapara, lo sujetó con firmeza.

Mientras le hablaba con esa dulzura que siempre tenía y le acariciaba la cabecita, por fin dejó de moverse.

Fue entonces cuando mamá recibió el susto de su vida al darse cuenta de que llevaba un buen rato hablándole y acariciando a un pobre ratoncito… que ya estaba muerto.

Cuando pienso en mamá hoy, ya no recuerdo solamente los momentos difíciles que vivimos juntas.

Cada vez pienso más en su risa.

Son esos recuerdos los que todavía me hacen sonreír.

Puede que sus mascotas no siempre hayan tenido mucha suerte, pero jamás hubo duda de que fueron profundamente queridas.

Así era mi mamá.

Sin darse cuenta, me enseñó que la vida no tiene que ser perfecta para ser hermosa. Muchas veces, los momentos que años después nos hacen reír terminan siendo los recuerdos que más atesoramos.

Uno de mis mayores gozos era lograr sacarle una sonrisa siempre que podía.

Hoy sé que está con el Señor, con la sonrisa más grande de todas y riéndose con esa risa inolvidable.

Casi puedo escucharla decir:

“Anda, Mary… cuéntales.”

Estoy segura de que le estaría dando mucha risa saber que estas historias todavía siguen sacándoles una sonrisa a otras personas.

“El corazón alegre constituye buen remedio.” — Proverbios 17:22

¿Tienes algún familiar cuyos momentos graciosos todavía te hacen sonreír años después? Me encantaría que compartieras uno de tus recuerdos favoritos en los comentarios.

Mamá está lista para darse un banquete con un chillo frito entero. Pero antes de probarlo, mira el plato y dice: «Ay, pobre pececito». Luego pregunta: «¿Y por dónde empiezo?»

Una nota para mis lectores: Me llena de alegría contarles que muy pronto Running in Heels: A Memoir of Grit and Grace estará disponible en español. Ha sido un privilegio preparar esta traducción para compartir estas memorias con la comunidad hispanohablante y, de manera muy especial, con mis queridos puertorriqueños. ¡No veo la hora de tenerla en sus manos!

Posted in Historias Familiares, memorias | Tagged , , , , | Leave a comment

El día que mis zapatos me hicieron sentir “menos”

Hay momentos en la vida que se quedan con uno. No porque alguien haya querido herirnos, sino por cómo nos hicieron sentir.

Hace muchos años, fui a una entrevista de trabajo con los mejores zapatos que tenía. Antes de que comenzara la entrevista, noté que la persona que me iba a entrevistar bajó la mirada hacia mis zapatos. No eran caros, pero estaban limpios, y yo había hecho todo lo posible por verme presentable. Tal vez le di más importancia de la que debía. Tal vez no. Pero, en ese instante, sentí que no estaba a la altura.

Al final conseguí el trabajo, pero ese momento nunca se me olvidó.

Tiempo después, una persona con la que trabajaba me comentó muy emocionada sobre la tremenda oferta que había conseguido al comprar su carro deportivo. Me habló de todo el dinero que se había ahorrado y me preguntó si yo creía que había hecho un buen negocio.

Lo único que pasó por mi mente fue: Si yo tuviera esa cantidad de dinero, podría pagar la renta a tiempo y comprar comida.

No creo que esa persona quisiera hacerme sentir mal. Simplemente compartía algo que le hacía ilusión. Pero aquella conversación me recordó cuán diferentes pueden ser las circunstancias de cada persona.

En otra ocasión, la nieta de alguien que trabajaba allí me preguntó:

—¿Alguna vez has estado en París?

Cuando le respondí que no, me miró completamente sorprendida y me dijo:

—¿¡Nunca has estado en París!?

Le sonreí y le contesté con cariño. No estaba siendo maleducada. Simplemente no podía imaginar que hubiera alguien que nunca hubiera viajado hasta allá.

Con el paso del tiempo entendí que ninguna de esas personas intentaba hacerme sentir menos. Quizás les faltó un poco de sensibilidad, pero, en realidad, simplemente estaban viviendo la vida que conocían.

Aun así, esas experiencias me enseñaron algo que nunca he olvidado: no siempre sabemos la carga que otra persona lleva sobre sus hombros.

La persona que está a nuestro lado puede estar preocupada por cómo va a pagar la renta, comprar alimentos, cuidar de un familiar enfermo o preguntándose cómo logrará llegar a fin de mes. Puede sonreír, presentarse todos los días a trabajar y nunca decir una sola palabra sobre las luchas que enfrenta.

Por eso la humildad es tan importante.

La humildad no consiste solamente en cómo nos vemos a nosotros mismos. También implica ser conscientes de quienes nos rodean. Significa recordar que nuestras experiencias no son las experiencias de todo el mundo. Es hablar con bondad y reconocer que aquello que para nosotros es algo común, para otra persona puede ser algo que nunca ha tenido la oportunidad de conocer.

Con los años, esos recuerdos me han hecho más cuidadosa. Espero también que me hayan hecho más compasiva. Sé que no siempre voy a hacerlo todo bien, pero esas experiencias me enseñaron a ser más consciente de las cargas que otros pueden estar llevando en silencio.

El Señor tiene una manera muy especial de enseñarnos por medio de los momentos incómodos de la vida. A veces los usa para ablandar nuestro corazón en lugar de endurecerlo.

Cuando pienso en aquellos zapatos, no recuerdo haber sentido coraje. Recuerdo haberme sentido invisible.

Menos.

Nunca quisiera hacer sentir así a otra persona.

“Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.” — Santiago 4:10

Que nunca seamos la razón por la que alguien se sienta “menos”. Al contrario, que en cada encuentro reflejemos la bondad, la humildad y el amor de Cristo.

Posted in Fe e Inspiración , Memorias / Historia Personal, Reflexiones personales | Tagged , , , , , | Leave a comment

A Mi Yo Más Joven

En mi cumpleaños, me encuentro mirando hacia atrás, hacia la jovencita que una vez fui. Antes de saber lo que la vida me pediría, antes de comprender el significado de la gracia, ella ya estaba aprendiendo a sobrevivir, a tener esperanza y a seguir adelante. Antes de saber lo que la vida me pediría, antes de comprender el significado de la gracia, ella ya estaba aprendiendo a sobrevivir, a tener esperanza y a seguir adelante.

Hoy quiero decirle algo que necesitaba escuchar desde hacía mucho tiempo.

Querida Mary:

Te veo.

Veo a esa Mary delgadita, con unas piernas que parecían demasiado largas para el resto de su cuerpo, aprendiendo a tener fortaleza mucho antes de siquiera tener un nombre para eso. Veo las noches en las que te sentabas en silencio, con el estómago rugiendo en medio de la oscuridad, diciéndote a ti misma que no importaba si había comida o no. ¿Qué otra cosa podías hacer? Estabas aprendiendo a sobrevivir antes de aprender realmente a vivir.

Aprendiste desde temprano que debías verte y no dejarte escuchar. Así que aprendiste a desaparecer. Te hiciste invisible, como una flor callada en una esquina, siempre presente pero pocas veces notada. Mirabas a otros jugando y riendo, preguntándote qué secreto conocían que hacía que la vida pareciera tan fácil. Nunca sentiste que fueras suficientemente bonita, suficientemente inteligente o suficientemente buena.

Pero Mary, lo que todavía no sabes es que sobrevivir era solamente el comienzo de tu historia. Algo ya estaba echando raíces dentro de ti. En aquel momento no tenías palabras para describirlo. No lo llamabas resiliencia. No lo llamabas fe. Simplemente ponías un pie delante del otro, intentando llegar al final de otro día.

Cargaste con responsabilidades demasiado pesadas para tus hombros. Usaste zapatos que no te quedaban bien, intentando caminar por un mundo que muchas veces parecía demasiado grande e incierto. Pero Dios vio cada paso.

Te esforzaste tanto por proteger a Mami. Querías mantenerla de pie cuando todo a su alrededor parecía estar desmoronándose. Te tocó ser la mamá de tu propia mamá, calmando sus miedos y cuidando de la mujer que se suponía que debía cuidarte a ti. En aquel entonces no entendías que había cargas que nunca debieron ser tuyas, pero aun así las cargaste.

Y Dios estaba allí.

No siempre de la manera que esperabas. No con respuestas para cada pregunta. Pero de una forma tranquila y tierna, recordándote que nunca estuviste completamente sola. Aun cuando tu fe parecía tan frágil como una hoja de papel y sentías que nadie te veía, ese susurro silencioso en tu corazón no era imaginación. Era Él.

Aprendiste sobre la pérdida demasiado temprano.

Blackie, tu perrita peludita, te fue arrebatada porque no había suficiente comida para darle de comer. Puede que otros no entendieran lo mucho que significaba para ti, pero ella era un consuelo. Era amor. Perderla fue la primera grieta en tu corazón, un dolor que todavía no sabías cómo explicar.

Y entonces llegó la pérdida que lo cambió todo.

Tu preciosa hermanita, ese latido tan especial de tu mundo, fue trágicamente arrebatada de ti en un accidente de atropello y fuga. Nadie podía responder todos los “porqués” que llenaban tu corazón. Solo sabías que la vida nunca volvería a ser igual. Una parte de ti se fue con ella.

Guardaste ese dolor en silencio, todavía intentando proteger a Mami, todavía creyendo que tu propio sufrimiento podía esperar. Pero escúchame bien, Mary: algún día aprenderás que perdonar no significa olvidar. No significa fingir que la herida nunca ocurrió. Significa soltar el peso de lo sucedido y permitir que Dios cargue con aquello que siempre fue demasiado pesado para que tú lo sostuvieras sola.

La vida traería más despedidas.

Abuelo, con sus historias tranquilas y su presencia llena de ternura. Luego, Abuela, cinco años después, la mujer más bondadosa que conociste. Cada despedida dejó otro espacio vacío en tu corazón, y hubo momentos en los que el dolor parecía más de lo que podías soportar.

Pero aun allí, Dios te sostenía.

Mirando hacia atrás ahora, entenderás que cada pérdida abrió espacio para un amor más profundo. Esas despedidas te enseñaron que el amor no desaparece cuando alguien deja esta tierra. Las personas que amamos se convierten en parte de quienes somos, y la fidelidad de Dios permanece.

Confía en esa voz tranquila dentro de ti, Mary. Esa voz que cuestionas. Esa voz que a veces ignoras. No es debilidad. Es sabiduría. Es discernimiento. A veces es Dios guiándote con ternura cuando todo a tu alrededor se siente confuso y lleno de ruido.

Caerás. Durante tu adolescencia y tus primeros años como mujer, tomarás decisiones que desearás poder cambiar. Pasarás por temporadas de confusión, desamor y dolores que nunca viste venir. Pero esos momentos no te destruirán.

Años después, descubrirás que Dios nunca tuvo miedo de tus partes rotas. Él ya estaba allí, esperando que entendieras que ninguna de tus lágrimas, luchas o cicatrices había sido en vano. Esos lugares quebrantados se convertirán en tierra santa.

Comenzar de nuevo no es fracasar. Es tener fe.

Sobrevivirás.

Tu historia importa.

Las cicatrices que llevas algún día te recordarán lo lejos que has llegado. Contarán la historia de esa joven Mary que siguió adelante, aun cuando no sabía hacia dónde la llevaría el camino.

Tu camino no ha terminado. Amarás. Vivirás pérdidas. Y encontrarás el valor para amar nuevamente.

Un día mirarás hacia atrás y lo verás claramente: el hambre, el rechazo, la soledad y las lágrimas no pudieron derrotarte. Esos momentos se convirtieron en la tierra donde Dios hizo crecer algo más fuerte y más tierno dentro de ti.

Quisiera poder sentarme a tu lado ahora mismo y decirte esto: Dios te ve, Mary. No desde lejos, sino justo allí contigo en la oscuridad. Él te escucha cuando las palabras no salen. Él conoce tu nombre y nunca se ha apartado de tu lado. Ni una sola vez.

Nunca tuviste que ganarte Su amor. Nunca tuviste que demostrar que eras digna. Siempre fuiste de Él.

Sé amable contigo misma, Mary. No tienes que ser tan dura con tu propio corazón. La gracia nunca fue algo que tuviste que perseguir. Siempre estuvo ahí, esperando ser recibida.

Y no tienes que seguir corriendo todo el tiempo.

Dios no tiene prisa contigo.

Feliz cumpleaños, Mary.

Gracias, Mary, por resistir y seguir adelante.

Celebro a esa Mary

Hoy celebro a la Mary que no sabía lo que le esperaba; a la joven que tropezó, buscó respuestas, cometió errores y volvió a comenzar; y a la mujer en la que todavía me estoy convirtiendo, sostenida por la gracia.

Sigo escribiendo porque cada vez que regreso a esa Mary asustada, recuerdo la gracia que la sostuvo durante el hambre, el dolor del corazón y las pérdidas. Recuerdo que la sanación no ocurre en un solo instante. Es un camino que todavía estoy recorriendo. Quizás ese es uno de los regalos más grandes de envejecer: aprender a mirar nuestro pasado con compasión en lugar de recordar solamente el dolor.

Esa Mary no sabía cómo se desarrollaría su historia. No sabía que algún día las luchas se convertirían en enseñanzas, que las heridas se transformarían en lugares donde la sanación podría comenzar, o que Dios podía traer belleza de los pedazos rotos.

Pero lo hizo.

Y Él todavía sigue escribiendo la historia.

Si alguna parte de mi historia resuena contigo, sería un honor que continuaras este viaje conmigo a través de las páginas de Running in Heels: A Memoir of Grit and Grace. Es una historia de hambre, dolor, esperanza y sanación que todavía estoy viviendo.

Posted in crecimiento personal, Reflexiones personales | Tagged , , , , , , , , , | Leave a comment

El primer hombre a quien admiré

Este mes tenemos cinco cumpleaños en la familia. El 11 de agosto, papi cumple 93 años.

A lo largo de los años he escrito muchísimas historias sobre él, porque me ha regalado un sinfín de historias para contar. Con su personalidad tan vivaz, siempre ha sido un narrador nato. Si llevas tiempo leyendo mi blog, lo más seguro es que ya te hayas encontrado con él en más de una ocasión.

En estos días, me descubro pensando menos en los grandes momentos y más en los detalles de cada día. El sonido de su voz. La calidez de su sonrisa cuando me ve. La tranquilidad de simplemente sentarme a su lado.

A sus 93 años, cada cumpleaños se siente un poco más especial.

“Las canas son una corona de honra, que se obtiene viviendo una vida justa.” —Proverbios 16:31

Así que este año no voy a decir mucho. Solo quiero darte las gracias.

Gracias por toda una vida de amor, por creer en mí y por ser el primer hombre a quien admiré.

¡Feliz cumpleaños, papi!

Te quiero.

Posted in familia, Uncategorized | Tagged , , , , | Leave a comment

Feliz Cumpleaños Celestial, Abuela

El 26 de julio, mi abuela habría celebrado otro cumpleaños.

Nació en 1898 y partió con el Señor en 1986, pero no pasa un solo año sin que piense en ella.

Mis dos abuelos vivieron muchísimo. Pasaron por dos Guerras Mundiales, la Gran Depresión, la pandemia de influenza de 1918 y la tuberculosis. Fueron testigos de un mundo que cambió de maneras que hoy apenas podemos imaginar. Sin embargo, mi abuela nunca perdió su dulzura ni su bondad.

Cada vez que miro su foto, sonrío. Casi puedo verla saludándome con la mano y regalándome esa misma sonrisa tan cálida que hacía sentir bienvenido a todo el que la conocía.

Cuando era una nena, nunca pensé mucho en todo lo que ella había vivido. Simplemente era mi abuela, con su voz suave, su cálida sonrisa y esos abrazos que llenaban el alma. No fue hasta que crecí que comencé a comprender la fortaleza que debió haber tenido para criar a su familia durante algunos de los años más difíciles de la historia.

¡Cómo quisiera haberle hecho más preguntas! ¡Cómo quisiera haberla escuchado un ratito más!

¡Feliz cumpleaños celestial, querida Abuela!

Gracias por tu amor, por tu ejemplo y por todas esas maneras silenciosas en las que moldeaste a nuestra familia. Tu vida sigue teniendo un propósito porque tu amor todavía vive en cada uno de nosotros.

Te extraño todos los días.

Con todo mi amor,

Tu nieta, Mary

Querido lector: Quiero compartir contigo un breve fragmento de mi libro de memorias, Corriendo en Tacones, que muy pronto estará disponible en español. Aquí conocerás a la mujer que, sin hacer mucho ruido, me enseñó la fe, el valor del trabajo duro, la bondad y la importancia de servir a los demás. Son lecciones que todavía hoy siguen marcando mi vida:

👉 Abuela

Aunque sus manos ya no puedan tomar las mías, el amor, la fe y la sabiduría que sembró en mi corazón permanecen conmigo para siempre.

Posted in Fe e Inspiración, memorias, Uncategorized | Tagged , , , , , , , , , | Leave a comment

En Tu Cumpleaños, No Puedo Evitar Pensar en Nosotros

Mientras mi esposo celebra un año más de vida, me encuentro pensando en algo que nunca entendí cuando era joven: lo que realmente significa envejecer al lado de la persona correcta.

Antes pensaba que el amor se medía por los grandes momentos: los logros, las celebraciones, los recuerdos que puedes señalar en una foto. Pero el matrimonio tiene una forma muy especial de enseñarte otra cosa. Se construye en los días sencillos, esos que en el momento parecen no tener nada extraordinario, pero que con el tiempo terminan significando todo.

Con los años, el amor ha cambiado. Ya no es tan intenso como cuando éramos jóvenes. Las mariposas en el estómago dieron paso a algo más sereno, más profundo. Hoy se manifiesta en los detalles de cada día. Es él quien me lleva un vaso de agua con hielo antes de que yo misma me dé cuenta de que tengo sed. Es buscar mi mano sin pensarlo mientras caminamos por un estacionamiento. Es preguntarme cómo me fue el día… y de verdad escuchar la respuesta.

Cuando miro hacia atrás, recuerdo más los masajes en los pies que las cenas elegantes. Después de un día largo, cuando tengo los pies cansados y adoloridos y siento que no puedo dar un paso más, él se sienta a masajeármelos sin que yo se lo pida. No hace ningún alarde. No busca reconocimiento. Simplemente lo hace por amor. Y, de alguna manera, esos momentos silenciosos son los que más han permanecido en mi corazón.

Así es, Mark. Nunca ha sido de llamar la atención ni de buscar reconocimiento. Simplemente ha sido fiel, de esa manera tranquila que, con mil pequeños gestos, ha hecho de nuestro matrimonio un lugar seguro.

Con los años también he aprendido que el perdón vale mucho más que tener la razón. Hemos tenido nuestros desacuerdos, como cualquier matrimonio. Pero hoy, sinceramente, ni siquiera recuerdo de qué trataba la mayoría.

Lo que sí recuerdo son las veces que nos pedimos perdón. Las conversaciones que poco a poco suavizaron el corazón. La decisión de cuidar nuestro matrimonio en lugar de empeñarnos en ganar una discusión.

Tener la razón nunca construyó nada que perdurara.

El perdón, sí.

Uno de los regalos más dulces que Dios le ha dado a nuestro matrimonio ha sido la risa. Nos ha sostenido en temporadas en las que hubiera sido mucho más fácil llorar. Aun después de todos estos años, Mark todavía sabe cómo hacerme reír cuando menos lo espero. La vida no siempre ha sido fácil, pero la risa nos ha llevado mucho más lejos de lo que alguna vez imaginamos. He llegado a verla como una de las misericordias silenciosas de Dios. No borra los días difíciles, pero los hace un poco más livianos para poder seguir adelante.

Envejecer nos ha traído canas (gracias a Dios por el tinte de pelo), mañanas más lentas y más achaques de los que quisiera admitir. Pero, gracias a Dios, no nos ha robado la risa. Al contrario, la ha hecho aún más valiosa. Envejecer es un privilegio que no todos reciben. Hemos conocido personas que nunca tuvieron la oportunidad de llegar a esta etapa ni de envejecer junto a la persona que amaban. Pensar en ellas cambió mi manera de ver el tiempo. Ya no doy por sentado el mañana; recibo cada día como un regalo.

Y compartir la vida al lado de la persona que amas es un regalo aún mayor. Cuando nos casamos, no teníamos idea de cómo sería nuestro futuro. Éramos simplemente dos personas esperando haber elegido bien esta vez.

Este es mi segundo matrimonio. El primero tuvo su propia carga de dolor y de lecciones difíciles, marcado por la traición, la adicción y ese tipo de heridas que te hacen cuestionar todo lo que creías saber sobre el amor. Pero, con el tiempo, Dios hizo lo que solo Él podía hacer. Trajo sanidad, claridad y una comprensión mucho más profunda de la paz que debe sentirse dentro de una relación.

La vida nos cambió. El tiempo también. Pero, a través de cada etapa, hubo algo que nunca cambió: seguimos escogiéndonos el uno al otro. No de manera perfecta. No siempre fue fácil. Pero sí con fidelidad.

Y creo que eso es, al final, lo que realmente significa amar. No un momento especial ni un gran acontecimiento, sino una decisión que se toma una y otra vez, en cada temporada de la vida.

Mientras se acerca el cumpleaños de Mark, me doy cuenta de que no estoy pensando en regalos, ni en planes, ni en nada extravagante. Lo que llena mi corazón de gratitud son las cosas pequeñas.

Otro amanecer juntos.

Otra caminata por la casa mientras se cuela el café.

Otra conversación al terminar un día largo.

Otra oportunidad para darle gracias a Dios… y a él.

No tenemos la promesa de un año más. Nadie la tiene. El regalo que sí tenemos es el día de hoy. Otro cumpleaños. Otro amanecer. Otro día común que se vuelve extraordinario porque podemos vivirlo juntos. Y por eso, mi corazón rebosa de gratitud.

Feliz cumpleaños, mi amor.

Gracias por hacer de lo sencillo la parte más hermosa de mi vida.

Gracias por haberme escogido hace tantos años.

Y gracias por seguir escogiéndome, cada día, desde entonces.

«El amor nunca deja de ser.»
— 1 Corintios 13:8


¡Esta boricua está bien enamorá de su esposo irlandés! ¡Feliz cumpleaños, mi amor! ❤️🇵🇷🇮🇪

Posted in Fe, Reflexión y Crecimiento Espiritual, Matrimonio y Vida en Pareja | Tagged , , , , , , , , , | Leave a comment